La pasión del bailaor

Cuando la sangre hierve las venas, cuando las raíces se sienten muy cerca, un legado de gitanos resucitan, de tablao en tablao, el origen de una raza que en un principio fue marginada y hoy en día es admirada arriba y abajo de un escenario.
En una escuela de flamenco ubicada a metros del Obelisco se escuchan los gritos de un hombre. Se trata del mejor bailarín de flamenco de la Argentina, se trata de Claudio Arias. Sus alumnos lo observan con atención, admiración, y sobretodo, con mucho respeto. “Yo creo que no me hubiese anotado a ninguna de sus clases por miedo a pasar vergüenza”, afirma una de sus alumnas, quien desconocía la identidad de su profesor. 

Claudio en acción
Las maderas del piso, golpeadas por culpa de los latidos que se marcan con los zapatos, parecen quebrarse. Claudio camina de una punta del salón a la otra. Su silueta delgada y su mirada rígida obligan a repetir una y otra vez cada paso hasta lograr la perfección y la coordinación absoluta. De tanto en tanto, un chiste.
A un mes de presentar un show de flamenco en un teatro junto a sus alumnos, el gitano se vuelve exigente y los aprendices se obsesionan. Hay una hora de intervalo entre clase y clase, y en el comedor de la escuela están los que zapatean hasta lograr el paso que no salía antes. Una alumna dice sonriendo: “En el colectivo, en casa, en el trabajo, en donde sea: hay que zapatear”.


“¿Por qué flamenco?”, les pregunté. Algunas de las respuestas fueron: “Es parte de nuestra cultura”, “Mi abuelo era español”, “Mi apellido es Heredia”. Comienza la segunda clase y en el comedor no quedó un alma: Estaban sobre las maderas del salón, en cada uno de los pasos y en los ojos del profesor.
De noche esa misma escuela se convierte en tablao, las luces se apagan, el público acompaña cantando y con palmas, los bailarines desparraman pasión y seducción. Buenos Aires no duerme, Andalucía tampoco.

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