Todo por unas tazas
(CONTINUACIÓN DE La uña rota )
Y bueno, continuando con la historia de amor que venía relatando, debo confesarles una cosa: la base de nuestra relación fue y es, a partir de ese momento, "pensar con el corazón y no usar la cabeza".
Y bueno, continuando con la historia de amor que venía relatando, debo confesarles una cosa: la base de nuestra relación fue y es, a partir de ese momento, "pensar con el corazón y no usar la cabeza".
Pasaron cuatro meses desde aquella noche, donde a la vuelta de una parrilla le pregunté: "¿Fernando, vos querés ser mi novio?". (obviamente dijo que sí)
Volviendo a lo que quería contarles, cuatro meses después de esa noche, en Abril, nos encontrábamos lejos, a unos 900 kilómetros de nuestros hogares, en un lugar llamado Capilla del Monte. Era la primera vez que Fernando accedería a tener un contacto voluntario con la naturaleza en su adultez. Siempre vacacionaba en Mar del Plata o en cualquier lugar de la Costa Atlántica. Esta vez, lo llevé a un lugar que desconocía por completo.
Volviendo a lo que quería contarles, cuatro meses después de esa noche, en Abril, nos encontrábamos lejos, a unos 900 kilómetros de nuestros hogares, en un lugar llamado Capilla del Monte. Era la primera vez que Fernando accedería a tener un contacto voluntario con la naturaleza en su adultez. Siempre vacacionaba en Mar del Plata o en cualquier lugar de la Costa Atlántica. Esta vez, lo llevé a un lugar que desconocía por completo.
Durante ese viaje ocurrieron cosas que nadie esperaba: mi suegra se llevó una gran sorpresa cuando vio una foto que le envié desde mi celular donde Fernando, su hijo, estaba tomando mate (acá hago un paréntesis: Fernando no toma mate) arriba de una piedra, en el medio del Río Quilpo. Ella contestó el mensaje: "Te quiere mucho".
Aquél viaje fue maravilloso. Fuimos muy felices. Tan felices que al entrar a una casa de decoración artesanal, me dijo: "Yo te regalo lo que quieras" o algo por el estilo. Esa casa está a una cuadra de la Calle Techada, en el centro de Capilla. Recorrí el local varias veces. Si hubiese sido por mí, me hubiese comprado de todo: aros, collares, sahumerios, cuadernos artesanales... pero no. Mi atención se concentró en una sola cosa. No me pregunten por qué, jamás compre siquiera un tapper cuando vivía con mis viejos. jajaja. Ellas me miraban y yo levanté una. "¿Tazas?" ¿Para qué iba querer yo unas tazas? Nos miramos y lo entendimos.
Nos llevamos cuatro tazas y una azucarera y cuando llegamos a Buenos Aires las guardamos en el placard de su habitación. Mes a mes, poníamos parte de nuestros sueldos en una caja-alcancía que yo decoré y el placard se fue llenando de cosas rápidamente.

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