Donde mueren mis palabras
Escribir es la mejor forma de conocerse, expresarse, liberarse. Es la mejor forma que encontré de poder decir lo que siento sin herir sentimientos ajenos. Es un rincón de conversación con uno mismo, donde las palabras se sienten y no se piensan. Donde mueren mis palabras. Ahí. Ni en el aire, ni en el recuerdo. Ahí, donde se puede seguir leyendo, donde perdura, donde se hace eterno.
En un papel, en un archivo, en un blog. Dondequiera que pueda escribir. Allá voy, con mi corazón a cuestas, con la frente en alto, con mi pecho abierto. Cada letra conforma una palabra y estás son perfectamente ordenadas para transmitir mis deseos, mis penas, mis temores. Aquello que susurro, que pienso, que vomito porque ya no aguanto más, porque se me rebalsa el alma, porque se me quiebra la voz si lo digo y alguien me escucha.
Mi silencio no se escucha pero te grito. Grito que haya más libertad, igualdad, alegría. Que la culpa no atormente a los felices, que la felicidad es envidiada por quienes no pueden caminar para adelante. Escribo y no borro ni una palabra. No corrijo nada. Es todo lo que amo y más...
No corrijo porque cada palabra es la ebullición de un sentimiento que se apodera de mí en un tiempo y lugar determinado. La hoja está en blanco sólo unos segundos. Y hay que seguir hasta saciar esa necesidad que te arrebata, que desgarra, que me completa.
Siempre hay más para escribir. Siempre hay algo que pensar, que sentir, que vivir. Se trata de conversar con uno mismo sin sentirse loco, aunque la cordura no siempre nos acompañe en la soledad de nuestros monólogos personales. Mi marido se ríe y me mira. Sabe que llegué al punto en el cual estoy poseída por mis locas ganas de escribir. Locura. Mucha.
No habla, no vuela ni una mosca. Sabe perfectamente que es mi momento. Que hablo conmigo y lo comparto con el resto. Capaz haya algún/a loco/a por ahí que esté leyendo esto y se identifique conmigo.
Por lo pronto sólo puedo recordar cuándo fue que comencé a escribirme. Sí, escribirme a mi misma. Fue en ese momento cuando aprendí a escribir en el colegio, me encerraba en mi habitación y escribía en un diario íntimo. A veces lloraba. Todo lo que no decía lo escribía. Una linda forma de no lastimar a los demás, de sentirme aliviada. Mi terapia.
Jamás dejé de escribir. Después de todo, alguien tenía que hablarme.
Escribir es la mejor forma de conocerse, expresarse, liberarse. Es la mejor forma que encontré de poder decir lo que siento sin herir sentimientos ajenos. Es un rincón de conversación con uno mismo, donde las palabras se sienten y no se piensan. Donde mueren mis palabras. Ahí. Ni en el aire, ni en el recuerdo. Ahí, donde se puede seguir leyendo, donde perdura, donde se hace eterno...
En un papel, en un archivo, en un blog. Dondequiera que pueda escribir. Allá voy, con mi corazón a cuestas, con la frente en alto, con mi pecho abierto. Cada letra conforma una palabra y estás son perfectamente ordenadas para transmitir mis deseos, mis penas, mis temores. Aquello que susurro, que pienso, que vomito porque ya no aguanto más, porque se me rebalsa el alma, porque se me quiebra la voz si lo digo y alguien me escucha.
Mi silencio no se escucha pero te grito. Grito que haya más libertad, igualdad, alegría. Que la culpa no atormente a los felices, que la felicidad es envidiada por quienes no pueden caminar para adelante. Escribo y no borro ni una palabra. No corrijo nada. Es todo lo que amo y más...
No corrijo porque cada palabra es la ebullición de un sentimiento que se apodera de mí en un tiempo y lugar determinado. La hoja está en blanco sólo unos segundos. Y hay que seguir hasta saciar esa necesidad que te arrebata, que desgarra, que me completa.
Siempre hay más para escribir. Siempre hay algo que pensar, que sentir, que vivir. Se trata de conversar con uno mismo sin sentirse loco, aunque la cordura no siempre nos acompañe en la soledad de nuestros monólogos personales. Mi marido se ríe y me mira. Sabe que llegué al punto en el cual estoy poseída por mis locas ganas de escribir. Locura. Mucha.
No habla, no vuela ni una mosca. Sabe perfectamente que es mi momento. Que hablo conmigo y lo comparto con el resto. Capaz haya algún/a loco/a por ahí que esté leyendo esto y se identifique conmigo.
Por lo pronto sólo puedo recordar cuándo fue que comencé a escribirme. Sí, escribirme a mi misma. Fue en ese momento cuando aprendí a escribir en el colegio, me encerraba en mi habitación y escribía en un diario íntimo. A veces lloraba. Todo lo que no decía lo escribía. Una linda forma de no lastimar a los demás, de sentirme aliviada. Mi terapia.
Jamás dejé de escribir. Después de todo, alguien tenía que hablarme.
Escribir es la mejor forma de conocerse, expresarse, liberarse. Es la mejor forma que encontré de poder decir lo que siento sin herir sentimientos ajenos. Es un rincón de conversación con uno mismo, donde las palabras se sienten y no se piensan. Donde mueren mis palabras. Ahí. Ni en el aire, ni en el recuerdo. Ahí, donde se puede seguir leyendo, donde perdura, donde se hace eterno...
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