Crónicas de la dictadura I
Negrita estaba tomando mate en el patio de su casa mientras leía el
diario. Había salido una nota sobre el General Videla, quien había asistido a
un programa de televisión norteamericano el día anterior: “Debemos aceptar como
una realidad que en la
Argentina hay personas desaparecidas. El problema no está en
asegurar o negar esa realidad, sino en saber las razones por las cuales estas
personas han desaparecido. Hay varias razones esenciales: han desaparecido por
pasar a la clandestinidad y sumarse a la subversión han desaparecido porque la
subversión las eliminó por considerarlas traidoras a su causa han desaparecido
porque en un enfrentamiento, donde ha habido incendios y explosiones, el
cadáver fue mutilado hasta resultar irreconocible. Y acepto que puede haber
desaparecidos por excesos cometidos durante la represión…”.
Se mordió los labios, rompió la hoja, la hizo un bollito y la tiró.
Hacía calor, la primavera estaba cerca. Faltaba apenas un día para volver a ver
a su hija María Esther y a su nieto y eso la hacía feliz. Podía imaginarse el
momento del reencuentro, cada abrazo y muchos besos, hasta que comenzó a sonar
el teléfono: “Mamá, andá a buscarlo a Iván el domingo a lo de la Tía Adela porque lo
internaron a Emilio y yo me tengo que quedar con él”. Negrita puso a calentar la
pava para seguir con el mate sin imaginarse que aquellas palabras resonarían en
su cabeza por el resto de su vida.
La abuela trabajó con normalidad durante aquél fin de semana. Era dueña
de un kiosco de flores ubicado al lado de un cementerio en la ciudad de Santa
Fe. Recién cuando volvió a su casa el domingo por la tarde decidió partir a
Rosario para buscar a su nieto. En el micro se puso a recordar los buenos
momentos que pasaba mientras su hija, su yerno y su querido nieto vivían a
pasos de su casa, añoró aquellos tiempos cuando no necesitaba tomarse un micro
para verlos.
La mudanza había ocurrido algunos meses atrás, cuando el hermano de su
yerno se suicidó para que no lo secuestren los milicos. Entonces, el matrimonio
decidió que era peligroso continuar viviendo en el mismo lugar y se fueron a
Rosario.
Ya en la casa de Adela, Negrita se puso a jugar en el piso con su nieto.
El reencuentro abuela-nieto estuvo lleno de besos y abrazos, tal como lo había
imaginado. “¿Nos vamos a jugar a la casa de la abuela?” preguntó Negrita, a lo
que Iván respondió acercándole su mochilita con una sonrisa. Era hora de irse,
pero cuando ella agarró la mochila descubrió que era mucho más liviana de lo
normal; sólo tenía una media, un sombrero y dos pelotitas de juguete. “Algo
anda mal”, pensó.
Negrita se pidió un remis para ir a la casa de su hija y dejó a su nieto
en la casa de Adela. Los nervios la invadieron desesperadamente. Tenía un mal
presentimiento. Pensó en su hija, sintió que algo le había pasado y recordó
aquella maldita tarde cuando María Esther despertó llorando de una siesta y
gritando que ya no veía, que se había quedado ciega.
A medida que se acercaba a la casa tuvo la certeza de que algo andaba
mal. Le pidió al hombre que la espere y se bajó del remis. El camión de
Gendarmería ya estaba cargando las últimas cosas que quedaban en la casa de su
hija. Empezó a caminar lentamente por la vereda de en frente sintiendo que su
corazón se detendría en el próximo paso. Parecía el mismísimo desierto. Los
vecinos estaban encerrados en sus casas, algunos miraban cuidadosamente desde
las ventanas, como si la muerte estuviera en la vereda de enfrente.
Una vez en el remis, Negrita no pudo contener el llanto. El remisero la
observaba, como la observó en la puerta de la casa de su hija por más de una
hora y la llevó de regreso. Las lágrimas caían una tras otra, completamente
fuera de control: “Los dos ciegos y se los llevaron igual”.
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