El fantasma de Trelew


Mejor no tomarse el tiempo en recordar las muertes que pudo haber evitado. Para eso estaba la noche y sus soledades, y junto con ellas, las pesadillas que entraban por la ventana de su habitación y no lo dejaron en paz. Despertó transpirando, gritando, llorando, con la mirada en otro lugar, en el sur. Se miró al espejo, los años lo habían castigado bastante y él también. Se enjuagó la cara y dijo en voz alta: “Me siento culpable”.

Jorge Lewinger era el encargado del transporte externo en la fuga de los presos políticos de la cárcel de Trelew en 1972. Sus compañeros habían estado planeando la fuga durante meses. Algunos cortaban pedazos de cama y les sacaban filo para usarlos como armas. También estaban quienes hicieron esculturas con jabón, que de lejos parecían revólveres. Había un plan y cada uno debía cumplir su rol.

Los militantes políticos que estaban en la cárcel lograron obtener la simpatía de uno de los guardias, quien decidió colaborar con la fuga a cambio de unos pesos. Jorge le llevaba armas para que le entregue a sus compañeros y algunos uniformes de militares. La idea era tomar el penal fingiendo una visita militar con rehenes, algo que era muy común en tiempos de dictadura. Luego encerrarían a todos los guardias en una celda y finalmente recorrerían los pasillos de los presos comunes hasta salir de la cárcel.

Hasta ese momento, el plan se cumplió prácticamente al pie de la letra. Hubo tiroteos con algunos guardias pero finalmente ninguno de los presos políticos había salido herido.
Una vez en la entrada principal, los pasarían a buscar un auto y algunos camiones para llevarlos al aeropuerto de Rawson y viajar a Chile con el apoyo de Salvador Allende.

La cárcel de Trelew
El auto ya se había llevado a la primer tanda de militantes. Jorge temblaba del frío a pesar de estar adentro del primer camión. El invierno en Trelew no había dejado ni una hoja en los árboles. La postal era tétrica, la noche oscura, sin luces, los tiros retumbaban por todo el penal, la incertidumbre de no saber si las cosas saldrían bien. Porque no habían muchas opciones; las cosas salían bien o mal. Era cuestión de escapar o morir. Y Jorge con esa responsabilidad, su vida y la de sus compañeros, en el medio de la nada misma. La elección para apresar en aquella cárcel a los máximos líderes sindicalistas no era casualidad. Habían elegido uno de los rincones más deshabitados de la Argentina, para estar lejos de la capital, para que no reciban visitas, para torturarlos fuera de sus celdas, en el patio de la cárcel y que sufran de neumonía.

La entrada del penal, Jorge y unos treinta metros de distancia, tal como aparecía en sus pesadillas. “Yo le dije a los camiones que se retiren”, recordaba ahogado por el llanto. Los nervios lo habían traicionado, una señal mal entendida y las muertes de muchos de sus compañeros como consecuencia.

 Dieciséis muertos y tres heridos, quienes al día de la fecha están desaparecidos. Diez guerrilleros llegaron a Chile, viajaron a Cuba y regresaron clandestinamente a Argentina, todos ellos se encuentran muertos o desaparecidos. Algunos abogados de los presos políticos se encuentran desaparecidos o fueron asesinados. La mayoría de las familias de los presos fueron asesinadas.

Jorge fue secuestrado y permaneció preso en el penal de Trelew    -donde se enteró de la muerte de sus compañeros de militancia-  hasta que asumió Héctor Cámpora como presidente y firmó un decreto para liberar a todos los presos políticos. Durante la dictadura de 1976 se exilió a Méjico para no convertirse en uno de los 30 mil desaparecidos y fue recién en 1989 cuando decidió volver a Buenos Aires.

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