Lo conocí hace más de diez años. Verano tras verano lo veía caminar hasta la playa. No recuerdo su nombre, tal vez nunca lo supe. Usaba un piloto negro, sin importar que el sol le pegara en la espalda. Entonces, mi abuela lo apodó "Piloto". El pobre tipo era objeto de burlas para muchos y temor para otros. Este hombre nació viejo, pensaba. Cada arruga de su cara aparentaba ser una lágrima de su pasado y sus pies se arrastraban por la arena con dificultad. No recuerdo si sus ojos eran verdes o celestes, pero recuerdo que era una versión deteriorada de Papá Noel por su extensa barba blanca. Todos los días lo veíamos a la misma hora y nadie sabía donde vivía. Él era especial. No era un hombre más a la deriva en la calle. Piloto era parte de mi vida, parte de mi infancia, parte de mi rutina a la hora de ir a la playa con mi familia. "Piloto es rico, es rico!!", dijo mi vieja un día. Resulta que había hablado con alguien del barrio y le contó su historia. Todos...
Mejor no tomarse el tiempo en recordar las muertes que pudo haber evitado. Para eso estaba la noche y sus soledades, y junto con ellas, las pesadillas que entraban por la ventana de su habitación y no lo dejaron en paz. Despertó transpirando, gritando, llorando, con la mirada en otro lugar, en el sur. Se miró al espejo, los años lo habían castigado bastante y él también. Se enjuagó la cara y dijo en voz alta: “Me siento culpable”. Jorge Lewinger era el encargado del transporte externo en la fuga de los presos políticos de la cárcel de Trelew en 1972. Sus compañeros habían estado planeando la fuga durante meses. Algunos cortaban pedazos de cama y les sacaban filo para usarlos como armas. También estaban quienes hicieron esculturas con jabón, que de lejos parecían revólveres. Había un plan y cada uno debía cumplir su rol. Los militantes políticos que estaban en la cárcel lograron obtener la simpatía de uno de los guardias, quien decidió colaborar con la fuga a cambio de unos peso...
Huracán. Habían pasado meses...y no se si hasta más de un año desde que no te veía. Y perdimos. Y más te amo. Miraba a la gente, puteaban. Mis amigos tenían el ceño fruncido y mi marido, bueh, tenía prohibido hablarle. Entonces me dediqué a mirar al cielo nublado y una vez más me volví a preguntar: "¿Qué sos Huracán?" Mis ojos recorrieron todo el estadio, empezando por la torre de la Miravé. Recordé la innumerable cantidad de veces que mi abuelo me contó que miraba los partidos desde esa tribuna. Huracán es mi abuelo. La popular visitante estaba vacía. Podía leerse el nombre del club. Me concentré en la cancha propiamente dicha. Miré las paredes, la pintura desgastada en algunos escalones. Huracán es una cancha. El partido no nos favorecía y los hinchas se impacientaban. Cambian las caras, pero por 90 minutos los jugadores representan nuestra pasión. Huracán son sus jugadores. Abajo, entre las escaleras y el alambrado se juega otro partido. Un partido sin arco...
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